Lo que cuesta invitar a un café puede transformar vidas: una forma de vivir el Evangelio con Karit

Lo que cuesta invitar a un café puede transformar vidas: una forma de vivir el Evangelio con Karit

Hay gestos que parecen pequeños, casi insignificantes. Un café compartido, una conversación que escucha, una mano tendida a tiempo. Sin embargo, son precisamente esos gestos los que sostienen la vida cotidiana de las personas y los que, muchas veces, tienen la capacidad de transformar una historia.

Desde el carisma carmelita aprendemos que Dios se hace presente en lo sencillo, en lo cotidiano y en la cercanía con quienes más sufren. También aprendemos que la fraternidad no es una idea abstracta ni de «espiritualismo barato”, sino una forma concreta de vivir: sentirnos responsables unos de otros, especialmente de quienes ven vulnerados sus derechos y oportunidades, de quienes han sido empobrecidos y quedan al margen del camino y del desarrollo. 

Desde hace treinta años, esa llamada a la fraternidad carmelita se ha traducido en acciones concretas y en proyectos concretos, impulsados por Karit Solidarios por la Paz. Nacida del corazón de la Familia Carmelita, la ONGD Karit trabaja allí donde la pobreza, la desigualdad y la exclusión siguen marcando la vida de millones de personas. Su labor se centra principalmente en la educación, la salud, la seguridad alimentaria y el desarrollo comunitario, acompañando a comunidades de África, América Latina y Asia; en lugares del sur global de nuestro mundo donde todavía quedan muchas oportunidades que aún no han sido brindadas para alcanzar una vida en condiciones dignas.

Detrás de cada proyecto hay rostros concretos. Hay niños y niñas que pueden acceder a una escuela gracias al apoyo recibido; como ocurre en Mozambique, donde Karit impulsa una escuela infantil para ofrecer educación y protección a la primera infancia en comunidades rurales especialmente vulnerables, junto a las Hermanas Carmelitas del Sagrado Corazón de Jesús.

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Hay jóvenes que encuentran una oportunidad de formación profesional que les permite construir un futuro con un oficio al que puedan dedicarse, como sucede en Burkina Faso en el “Centro Carmelo Esperanza” dirigido por los Padres Carmelitas, y sus talleres de carpintería, soldadura, confección de ropa y la nueva aula-taller de mecánica que quieren crear para jóvenes en situación de extrema vulnerabilidad.

Hay familias que pueden acceder a atención sanitaria digna gracias al fortalecimiento de centros médicos en contextos especialmente difíciles, como en el dispensario Santa Teresita de Haití, que atiende cada año a miles de personas, como en el Centro de Rehabilitación Nutricional de Namapa en Mozambique en el que las Hermanas Carmelitas acompañan, alimentan y llevan seguimiento de niveles de desnutrición especialmente a bebés. 

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Y hay comunidades enteras que encuentran en la educación una herramienta para romper el círculo de la pobreza, como sucede en Ruanda, Kenia, Mozambique, Burkina Faso, República Dominicana, Colombia o Indonesia, donde Karit acompaña proyectos educativos dirigidos por contrapartes carmelitas que ofrecen oportunidades reales de desarrollo.

Muchas veces pensamos que para cambiar el mundo hacen falta grandes recursos o acciones extraordinarias. Sin embargo, la experiencia de Karit demuestra precisamente lo contrario: que la suma de muchos pequeños gestos y aportaciones pueden sostener proyectos capaces de transformar vidas.

Por eso hacerse socio o socia de Karit es mucho más que realizar una aportación económica. Es formar parte de una red de personas que creen que la fraternidad –con acento carmelita– puede cambiar realidades. Es compartir la misión de la Familia Carmelita más allá de nuestras parroquias, colegios o comunidades religiosas. Es convertir la solidaridad en un compromiso estable que permite planificar proyectos, acompañar procesos y responder a las necesidades de quienes más lo necesitan.

Además, colaborar está al alcance de prácticamente cualquier persona. Con una aportación mensual de 3 o 5 euros —menos de lo que cuesta invitar a dos o tres amigos a un café— es posible contribuir al sostenimiento de proyectos educativos, sanitarios y comunitarios durante todo el año. Y gracias a los beneficios fiscales vigentes para las entidades de utilidad pública, hasta el 80% de esa aportación puede recuperarse posteriormente en la declaración de la renta.

Pero, sobre todo, hacerse socio o socia es una forma concreta de vivir el Evangelio. Es responder a la invitación de salir al encuentro de quienes quedan al borde del camino. Es hacer realidad aquella fraternidad universal y aquel “darse todo” que inspira el carisma carmelita y que nos recuerda que ninguna persona, creación y criatura de Dios, debería quedar al margen de derechos como la educación, la salud, la alimentación o una vida digna.

Quizá no todos podamos viajar a los lugares donde Karit desarrolla sus proyectos. Quizá

no todos podamos dedicar tiempo al voluntariado. Pero todos podemos formar parte de esta misión compartida.

Porque, al final, la solidaridad no se mide por la cantidad que damos, sino por la voluntad de caminar junto a quienes más lo necesitan.

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Y porque, como tantas veces hemos comprobado en estos treinta años de historia, con poco… se puede hacer mucho. Muestra de ello son las sonrisas que vemos en las fotografías de este artículo. Dicen que una imagen habla más que mil palabras.  

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